Deportivo - Real Madrid


Peña Ri@zor. (16-3-2008, 13'13)
1 - Deportivo: Aouate, M. Pablo, Lopo, P. Amo, Coloccini, Filipe, Wilhelmsson, De Guzmán, Sergio (86'), Lafita (79'), Xisco (65')
A. Tomás (86'), Guardado (79'), Riki (65').

0 - Real Madrid: Casillas, Torres, Pepe, Cannavaro, Heinze (77'), Sneijder, Guti, Diarra, Drenthe (67'), Raúl, Soldado (67')
Baptista (77'), Robinho (67'), Higuaín (67').

Gol:
1-0 (56'): Filipe deja clavado con un regate a Torres, entra por la banda izquierda del Deportivo y su centro al área lo desvía Pepe en propia puerta con la rodilla derecha.

Árbitro: Turienzo Álvarez, del Colegio Castellano-Leonés. Amonestó a De Guzmán (59'), Coloccini (67') y Torres (71').

La fuerza de la tradición
ROI FERNÁNDEZ. La Opinion A CORUÑA.

La costumbre se hace ley. Quince temporadas de sometimiento blanco en Riazor han convertido en tradición lo que en otros campos es sólo un anhelo más bien fugaz. El Dépor impuso la fuerza del pasado para someter al líder. Lo hizo con pausa, con cabeza y juego. El cuadro coruñés derrochó virtudes futbolísticas para imponer su ley en el coliseo herculino ante el talento apagado del Madrid, el último puerto de primera que le quedaba por escalar al Dépor antes de iniciar unas etapas más cómodas ante rivales más accesibles.
El conjunto herculino se subió a la bicicleta hacia varias jornadas, coincidiendo con el cambio de sistema, puso el plato más grande y comenzó a tirar hacia arriba. Ayer coronó la cima con el tercer triunfo consecutivo en Riazor ante un pura sangre. Una inyección de moral y energía para afrontar ahora el tramo final de esta carrera de fondo hacia una salvación cada día más factible.
El Madrid, como era de esperar, llevaba el peso del partido en la parcela ancha y Guti encauzaba con la inestimable ayuda de Diarra todo el ataque blanco. El partido estaba en manos de los cerebros de los dos equipos y en el Dépor la cabeza para distribuir juego la ponía Sergio, sobre todo, en las contras. Lotina sabía que la velocidad al contragolpe era una de las claves para sorprender al talentoso conjunto merengue y así trazó su plan maestro. Con presión para no dejar pensar mucho al centro del campo madrileño y salida rápida por las bandas, con Filipe Luis y Wilhelmsson como sprinters. Esa espontaneidad, mezclada con la fuerza de Xisco y los arranques de imaginación Lafita marcaron los compases iniciales del juego ofensivo blanquiazul. Una apertura de Sergio para Filipe creó el primer centro con peligro al punto de penalti y de un recorte envenenado de Lafita en la línea de fondo nació la primera gran ocasión herculina, pero a Willy se le escapó el control con tiempo y espacio para pensar por donde batir a Casillas.
Tras la declaración de intenciones de uno y otro, el partido entró en una fase de conocimiento mutuo sin mucha definición, aunque, eso sí, el control del balón seguía en los pies del Madrid, pero al surtidor de balones blancos, Guti, le faltaba precisión en el último pase o el primero, porque la mayoría de las jugadas de ataque madrileñas partían desde muy lejos, demasiado para conectar con la punta de ataque, donde Raúl y Soldado ejercieron de lujosos espectadores. El Dépor, mientras tanto, a lo suyo, impávido ante la circulación infructuosa del balón rival y presto para montar un contraataque o acaso una jugada más hilvanada en las contadas ocasiones que le cedían el esférico. Todo iba sobre ruedas, como de costumbre en los últimos encuentros en Riazor. Lafita convierte en oro cada balón que toca y en su segunda aparición estelar por la banda derecha, dejó boquiabierto a Diarra con un caño inventado en una baldosa y un rato después ya estaba desbordando por la izquierda a Miguel Torres. Sólo quedaba rematar la faena en una de esas incursiones en territorio enemigo. A invadir terreno rival ayudó mucho Xisco con sus controles de espaldas y pases inteligentes.
El conjunto coruñés comenzó a realizar esporádicas internadas en tierras blancas que con el tiempo fueron más asiduas a base de saques de esquina. La estrategia es fundamental en la batalla futbolística y el Dépor, como cualquiera, lo sabe desde siempre, aunque lo practica con acierto desde hace poco. Así intentó la segunda oleada de ataques masivos el cuadro de Lotina. Sin fortuna tampoco a la hora de matar. Eso sí, las embestidas herculinas animaron cada vez más a las huestes del estratega de Meñaka, que se internaron en los vestuarios con la consigna de no perder un ápice de concentración para mantener, cuando menos, el empate. Y no sólo consiguió eso en los primeros compases de la segunda parte, sino que incluso logró ponerle el miedo en el cuerpo al contrario pasando a mantener más el balón en sus pies y creando más juego, sin las intermitencias del primer periodo.
El Dépor se apoderó del encuentro. Intercambió los papeles con el Madrid, que pasó de dominante a dominado. Y tan claro se hizo el dominio blanquiazul que acabó en conquista. El ex madridista Filipe Luis ejerció de espía y conquistador con una cabalgada por banda que concluyó Pepe introduciendo en su propia portería. Tras la colonización del territorio blanco el Dépor izó la bandera blanquiazul, pero el enemigo se resistió lo suyo antes de bajar los brazos y aceptar la realidad. A base de escaramuzas intentaron sublevarse ante la tradición que marca la historia en Riazor. Una ley que se ha perpetuado gracias a los dieciesiete años seguidos de éxitos blanquiazules en A Coruña. A esa costumbre se aferró Lotina para emular a sus antecesores en el banquillo herculino. Sus pupilos aplacaron el ímpetu de rebelión rival con un par de contras letales en la recta final del partido. En la primera Filipe se empachó de balón y envió alto un servicio dócil de Wilhelmsson, que se internó sin oposición en las trincheras blancas, que claudicaron ante la fuerza de la tradición.

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