Deportivo - Zaragoza |
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Peña Ri@zor. (17-12-2007, 11'24)
1 - Deportivo: Munúa, M. Pablo (39'), Piscu, Coloccini, Filipe, D. Guzman, A. Tomás, Cristian, Verdú (46'), Guardado, Xisco (66') Chapi (39'), Rubén (46'), Riki (66'). 1 - Zaragoza: César, Diogo, Sergio, Ayala, Juanfran, Sergio G. (57'), Celades, Zapater, Aimar (46'), Oliveira, D. Milito Óscar (46'), Gabi (57') Goles: 0-1 (16'): Diego Milito resuelve de cabeza en el área tras un rechace. 1-1 (52'): Coloccini, también de cabeza en el área tras un centro de Guardado. Árbitro: Pérez Burrull, del colegio cántabro. Expulsó a Chapi por doble amarilla (40' y 88'). Amonestó a Aimar (41'), Zapater (58'), Diego Milito (75') y Gabi (92'+'). Contra doce, imposible Xosé Manuel Mallo. La Opinion A Coruña Cuando no se puede ganar hay que saber empatar suelen decir los entendidos. Fue el recurso que le quedó al Deportivo frente al Zaragoza, ya que las circunstancias lo dejaron en clara inferioridad. Un punto es muy poco. Un punto no sirve de mucho en la situación que atraviesan los coruñeses, pero quizá haya sido a lo máximo que podían aspirar. Acabaron diez por la expulsión de Chapi y con De Guzman cojo sobre el terreno de juego. Una expulsión desmedida según la vara del propio Pérez Burrull. Un agarrón fue suficiente para que el canterano, que hacía su debut tras sustituir al lesionado Manuel Pablo, se fuese al vestuario antes de tiempo. Una sanción que no aplicó con anterioridad con otros zaragocistas: Sergio García y Diego Milito son dos ejemplos. Es la permanente lucha de los blanquiazules contra la adversidad, que en este partido tenía nombre: Pérez Burrull. El cántabro fue injusto en la cartulina roja a Chapi, fue injusto al anular un gol de Rubén y fue injusto al no señalar un claro derribo de Ayala a Xisco dentro del área. Todo en la segunda parte del choque, porque la primera... Es que las cinco de la tarde en Riazor vienen a ser últimamente como la hora del recreo en el colegio. Un grupo de jóvenes ataviados para darle patadas a un balón sin más finalidad que marcar el mayor número de goles en la portería adversaria y evitar encajarlos. Todos corren tras la pelota, todos se estorban, hasta los del mismo equipo, todos la golpean, pero nadie la cuida y la mima como se merece. Tampoco en los momentos en los que el fragor de la batalla amaina, aquéllos en los que las piernas no responden a las órdenes que el cerebro emite automáticamente y que acaba generando espacios más amplios para poder disfrutar de este, que dicen, noble juego. Todos parecen esconderse y sólo queda seguir el guión elaborado antes de disfrutar de los minutos de esparcimiento: darle al balón hacia adelante con el fin de que lo coja el mangallón de turno para que fusile al portero y a los defensas, demarcaciones destinadas casi siempre a los menos hábiles en el desarrollo de este arte. Eso es Riazor los domingos por la tarde. Nada que ver con lo que sucede en otros campos. Quizá por eso todos los rivales que se acercan con maneras de equipos de fútbol acaben sacando tajada. Muestran pocos méritos, pero se aprovechan de la endeblez de los locales. Lo hicieron casi todo. El Zaragoza no iba a ser una excepción. Con una plantilla fabricada para ser la alternativa a los grandes, el equipo maño se debate entre dos aguas, sobreviviendo a base de las miserias de los demás. Miserias son encajar un gol tras un serie de rebotes; quedarse sin un jugador por una lesión, que no te concedan un gol legal -el de Rubén-, que no te señalen un penalti a favor -de Ayala a Xisco-; acabar con diez por una expulsión injusta y que de esos diez uno acabe lisiado con problemas en una rodilla. Es la miseria el cénit de la adversidad,es la que lleva a la desesperación, pues el corazón hace el papel del cerebro. Sólo que de vez en cuando aparece un alumno aventajado para explicar que el fútbol es mucho más que pegar pelotazos y que la fuerza bien conducida suele dar buenos resultados en este deporte, en el que lo primero es el buen trato a la pelota. Fue en ese momento de relax en el que la lección rápida o simplemente el recordatorio de lo ya explicado en anteriores ocasiones produce unos resultados muy distintos a los ofrecidos. Llegaron casi de forma inmediata. La adversidad era más enemigo que el Zaragoza, pero Coloccini con un certero cabezazo fue capaz de doblegarla. Fue el inicio de una nueva concepción de este juego. La misma que se ve por televisión, cuando el Deportivo viaja fuera. Faltó el gol, pero lo rondó. Lástima de la ausencia de algo de acierto, o fortuna, porque de haberse acercado más veces a César, la felicidad hubiera sido plena ayer. El guardameta zaragocista se fue casi inédito. Con su encono particular a unos colores que le amargaron una de las noches que soñaba fuesen más dulces, la del Centenariazo en el Santiago Bernabéu. Ayer se llevó un punto. Es para saborearlo casi tanto como aquella Copa que no levantó, porque se trata de un premio excesivo. Su equipo marcó en una jugada de billar y se limitó a dejar pasar los minutos impidiendo que los deportivistas pudiesen acercarse a sus dominios. Sólo mostró ambición cuando el Deportivo estaba con diez. Y tiró al palo en el último suspiro. Sería el colmo de los colmos que marcase y ganase. |